Pero ¿qué necesidad?
Los hechos ocurridos el sábado pasado, en el informe de trabajos legislativos de la senadora Anahí González Hernández, no revelan fuerza política, revelan desesperación.
Ese evento fue menos un acto legislativo y más un acto de campaña anticipado. Rafael Marín Mollinedo, director de la Agencia Nacional de Aduanas de México, decidió dar un manotazo sobre la mesa para tratar de treparse a las encuestas que miden las posibilidades de quienes son mencionados como aspirantes a la candidatura de la 4T al gobierno de Quintana Roo. Y lo huizo aún a costa de violentar tiempos y formas.

La proyección de un video con un mensaje suyo, en el que habla de sus acciones al frente del sistema aduanero y felicita a Anahí González, no fue espontáneo ni inocente. Fue un acto de rebeldía política, incluso ante la presidenta Claudia Sheinbaum, que ha sido clara en evitar campañas adelantadas y desterrar viejas prácticas de uso faccioso del poder.
Para ello, Rafael Marín optó por una vía cómoda: no dar la cara. Mientras él permanecía resguardado, probablemente en algún lugar lleno de comodidades en la zona hotelera de Cancún, decidió aventar al ruedo a una joven política, usar su evento, su investidura y su micrófono para mandar un mensaje que él no se atrevió a pronunciar en persona.
Resulta particularmente contradictorio que este episodio ocurra en pleno discurso de “tiempos de mujeres”, cuando en los hechos se observa una actitud profundamente machista: utilizar a una mujer como ariete político para abrirse paso, para medir fuerzas y para asumir riesgos que él prefirió no cargar. No se trató de un gesto simbólico ni de una coincidencia.
El evento fue financiado, organizado y operado como un acto de posicionamiento anticipado. Al lugar llegaron alrededor de 800 personas acarreadas, previamente aleccionadas para lanzar porras inducidas en favor del director de la Agencia Nacional de Aduanas de México. Todo fue cuidadosamente montado para simular músculo político, mientras el verdadero beneficiario se mantenía a distancia, protegido del desgaste y del señalamiento público.
Eso no es empoderamiento femenino. Es instrumentalización política.
Anahí González Hernández tiene apenas 33 años de edad, pero como política ya acumuló suficiente experiencia como para saber perfectamente lo que hace y lo que comunica. No es una improvisada ni una recién llegada, pero además, las posiciones le han sido entregadas a manos llenas.
Desde antes de cumplir la mayoría de edad caminó calles promoviendo el proyecto de Andrés Manuel López Obrador. Acompañó a la hoy gobernadora Mara Lezama como regidora en el primer ayuntamiento morenista de Cancún y asumió la presidencia estatal de Morena.
Incluso, muy a pesar de los chetumaleños, fue impulsada como candidata a diputada federal por el Distrito II, sin ser residente del sur del estado. De hecho, por la premura de esos hechos, no tuvo tiempo de cambiar de domicilio ante el INE, por lo que nisiquiera pudo votar por sí misma.
Y más recientemente, cuando su proyecto político ya no tenía viabilidad para competir por una candidatura al Senado en 2024, se le habilitó una vía alterna: autoadscribirse como indígena para ocupar una acción afirmativa que, por su naturaleza y razón de ser, estaba destinada a garantizar una representación genuina del pueblo maya quintanarroense.
En ese proceso electoral de 2024 fue también representante de la candidata presidencial Claudia Sheinbuam en el estado, pero hay quienes dicen que la hoy presidenta pidió hacerla a un lado, porque no estaba convencida de su trabajo.
Por esa trayectoria resulta difícil creer que haya sido ingenuidad que su informe se transformara en un acto de propaganda y posicionamiento anticipado a favor de Marín Mollinedo.
Si esa era la intención desde el inicio, entonces la ausencia física del aspirante no fue un descuido, sino un cálculo político evasivo cuidadosamente diseñado. Marín optó por una presencia vicaria: estuvo sin estar, mandó el mensaje sin asumir el costo de hacerlo personalmente y se benefició del acto sin exponerse.
Lo ocurrido puede calificarse con claridad como una estrategia en la que el aspirante evita exponerse físicamente, pero ocupa el espacio público y capitaliza el evento; como una forma de estar presente sin asumir los costos políticos de estarlo; como el uso instrumental de intermediarios para posicionarse sin confrontarse directamente.
En política, todo eso comunica.
El problema no es Anahí González. El problema es quién decide usarla como escudo, como altavoz y como fusible político, mientras él se mantiene cómodo, distante y calculador.
Cuando un aspirante a algún cargo necesita esconderse detrás de una mujer para avanzar, no está honrando los tiempos de mujeres, está repitiendo las peores prácticas del pasado.- Cancún, QR, diciembre de 2026.




