CANCÚN.- Un incendio registrado este domingo en las inmediaciones de la Zona Hotelera ha vuelto a poner bajo el reflector un esqueleto de concreto que, para muchos nuevos residentes, es solo una ruina, pero que para la historia de Cancún representa el ascenso y caída de su época dorada: el antiguo edificio del Casino Playboy y el emblemático Jai Alai.
El siniestro, presuntamente provocado por vándalos que utilizan la estructura abandonada como refugio, consumió maleza y desechos acumulados. Sin embargo, más allá de la columna de humo, lo que emergió fue la nostalgia de un recinto que alguna vez fue el epicentro del glamour internacional en un destino que hoy lucha contra el deterioro de sus inmuebles históricos.
Antes de ser una ruina, la esquina de este edificio albergó a Éxtasis, una discoteca que, junto a La Boom y Christine, definió la vida nocturna de un Cancún que buscaba conquistar al mundo en la década de los 80.
En su escenario desfilaron luminarias de la talla de Luis Miguel, en una época donde el destino consolidaba su identidad como el paraíso del espectáculo. Para 1990, el complejo se expandió con la construcción de un imponente edificio para el Jai Alai.

No solo fue sede de torneos internacionales de frontón, sino que sus paredes vibraron con peleas de boxeo de talla internacional y cenas de gala en su restaurante de lujo, un proyecto ambicioso que hoy yace entre escombros y grafiti.

La metamorfosis del edificio continuó en 2005, cuando el espacio de la discoteca se convirtió en el Casino Caliente. Pero el clímax llegó en 2010 con una inauguración que acaparó titulares: la transformación en el Casino Playboy.

El evento contó con la presencia de la icónica conejita de moda, Carmen Electra, simbolizando una ambición de lujo que duraría poco tiempo.

El declive comenzó por dos frentes: la presión social de la Iglesia, debido a que a escasos metros comenzaba a funcionar la Parroquia de Cristo Resucitado, y el endurecimiento de las revisiones federales tras la tragedia del Casino Royale en Monterrey. El Ayuntamiento clausuró el lugar definitivamente en 2014, dejando el edificio tapeado y a merced del tiempo.

Detrás de esta mole de concreto se encuentra la figura de Enrique Molina Sobrino, un empresario yucateco cuya vida parece sacada de una novela de negocios. Molina, dueño del lujoso hotel Ritz-Carlton, fue propietario de Pepsi-Gemex —el embotellador más importante de la marca fuera de Estados Unidos hasta su venta en 2002—, inició su carrera como “office boy” en Kodak mientras estudiaba en la Escuela Bancaria y Comercial.

Su ascenso lo llevó a controlar una cuarta parte de la producción nacional de azúcar en los años 90 a través del Consorcio Industrial Escorpión. Incluso, desarrolló el primer y único parque temático que ha tenido Cancún, México Mágico, en el terreno que hoy ocupa la segunda sección de plaza La Isla.
Sin embargo, su cercanía con el poder político y la expropiación de sus ingenios en 2001 lo llevaron a enfrentar acusaciones de evasión fiscal que lo obligaron a abandonar el país temporalmente.
Hoy, el destino de este predio del jai a lai, es incierto y se suma a una lista de “fantasmas” en la Zona Hotelera, como los niveles abandonados de Plaza Party Center o viejos hoteles trabados por juicios laborales.
El principal obstáculo para su reactivación es una compleja red de embargos, litigios fiscales y deudas de predial acumuladas que frenan cualquier intento de compra-venta.
Además, la normativa actual hace casi imposible recuperar una licencia de casino tan cerca de un centro religioso. Mientras estos juicios mercantiles y sucesiones siguen su curso lento en los tribunales, el Ayuntamiento se ve limitado a poner sellos de clausura, dejando que edificios que alguna vez fueron símbolos de fortuna sigan consumiéndose entre el olvido y el vandalismo.




