CIUDAD DE MÉXICO, 14 de septiembre.- La versión oficial de que el cadete Juan Escutia se arrojó envuelto en la bandera nacional desde el Castillo de Chapultepec para evitar que cayera en manos estadounidenses carece de documentación que la respalde, de acuerdo con la historiadora Carmen Vázquez, del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM.
Según Vázquez, ni siquiera existe registro que confirme la inscripción formal de Escutia, de 20 años, como alumno del Colegio Militar, lo que abre dudas sobre distintos pasajes de la gesta ocurrida los días 12 y 13 de septiembre de 1847, durante la batalla de Chapultepec. La Secretaría de Educación de Nayarit sostiene, en cambio, que el cadete sí protagonizó el salto con el lábaro patrio.
El relato oficial se modificó al menos tres veces desde el siglo XIX. En 1851, el entonces general Miguel Miramón mencionó la caída de seis cadetes sin precisar el episodio de la bandera. En 1871, una nueva versión atribuyó el salto a Agustín Melgar; después el nombre cambió a Fernando Montes de Oca, hasta que la narrativa oficial se fijó en Juan Escutia, sin que ninguna fuente documental sustente esta versión final.
Las edades atribuidas a los seis cadetes también son objeto de discusión. De acuerdo con los registros citados, Vicente Suárez tenía 17 años —la UNAM sostiene que 14—, Agustín Melgar y Fernando Montes de Oca 18, Francisco Márquez 13, Juan de la Barrera 19 y Juan Escutia 20.
El bombardeo estadounidense sobre el castillo se prolongó cerca de 14 horas. En la defensa participaron alrededor de 25 jóvenes cadetes, no únicamente seis, con el refuerzo tardío del Batallón de San Blas. La resistencia se sostuvo hasta las 10:00 horas del 13 de septiembre, cuando las tropas estadounidenses tomaron el castillo.
En 1947, las autoridades presentaron restos óseos atribuidos a los seis cadetes, ratificados entonces por historiadores y antropólogos sin verificación científica. Vázquez señala que los restos originales “probablemente fueron a dar a una fosa común”.
Para la investigadora, calificar como “niños” a jóvenes de entre 13 y 20 años responde a una lectura actual: en el México del siglo XIX esa edad correspondía ya a la adultez temprana, con capacidad legal para tomar decisiones y contraer matrimonio. Vázquez sostiene que la construcción del relato heroico respondió a la necesidad de “crear símbolos nacionales” tras las derrotas militares y la pérdida de territorio frente a Estados Unidos.




