Quintana Roo cumple 52 años como Estado Libre y Soberano.
Y cada aniversario aparece la tentación de contar la misma historia: que el 8 de octubre de 1974 nació Quintana Roo y que desde entonces comenzó a construirse el estado que hoy conocemos.
Pues no. Quintana Roo no nació hace 52 años. Ese día nació como estado.
La historia es mucho más vieja y, sobre todo, la construcción de lo que hoy somos fue obra de muchas generaciones. Algunas llegaron cuando aquí había poco más que selva, caminos, pueblos y enormes distancias. Otras nacieron aquí y continuaron el trabajo. Y otras llegaron después, cuando ya había ciudades, hoteles, carreteras y oportunidades.
Hay recuerdos desde la memoria familiar. Mi papá trabajó a principios de los años setenta en la construcción de la carretera de la Ribera del Río Hondo y mi madre le hacía la comida a los obreros. Es decir, mientras Quintana Roo todavía era territorio federal, había gente poniendo manos, esfuerzo y oficio para comunicar y construir esta tierra.
Luego de concluida esa obra regresaron a Yucatán, pero en 1979 decidieron aventurarse a Cancún. Yo tenía 10 años. Lo que encontramos no fue la enorme ciudad turística que conocemos hoy. Era una ciudad pequeña, todavía en construcción, donde uno de los sonidos dominantes no era precisamente el de los turistas.
Era el marro, el cincel y el taladro mecánico.
Mis padres nacieron en Yucatán y como muchos otros peninsulares, vieron en Cancún una oportunidad para cambiar de vida.
Recuerdo perfectamente la frase de mi papá:
“Nos vamos a Cancún. Tú eres quintanarroense y allí te irá bien”.
Y así fue.
Yo había nacido en Sabidos, precisamente en esos años en que él trabajaba en la construcción de aquella carretera. Pero mi infancia, mi adolescencia y buena parte de mi vida quedaron ligadas a Cancún y a Quintana Roo.
Nos tocó estrenar escuelas.
Nos tocó ver cómo la ciudad iba creciendo prácticamente frente a nuestros ojos.
Fuimos testigos de muchas primeras veces.
Vimos cómo se construía el segundo cuerpo de la avenida Kukulcán. Cómo la Zona Hotelera comenzaba a llenarse de hoteles. Cómo los espacios que entonces parecían enormes y vacíos iban adquiriendo calles, edificios, comercios y colonias.
También vimos cómo la carretera que comunica de norte a sur al estado fue dejando atrás aquellos dos carriles angostos para convertirse en las vías que hoy conocemos.
A veces bastaba regresar a un sitio después de algunas semanas para encontrarlo diferente.
Era como ver un time lapse de una entidad entera.
Primero una obra.
Después otra.
Luego una colonia.
Una avenida.
Un hotel.
Una escuela.
Un hospital.
Una carretera.
Una ciudad que se extendía.
Y así, generación tras generación, Quintana Roo fue dejando de ser aquel territorio lejano y poco comunicado para convertirse en uno de los principales motores turísticos de México.
El 8 de octubre de 1974 llegó el momento político que hoy conmemoramos: Quintana Roo dejó de ser territorio federal y se convirtió en estado de la República. El decreto se publicó ese día en el Diario Oficial de la Federación.
Pero sería un error pensar que ahí comenzó nuestra historia. De pronto uno escucha a algunos recién llegados —incluso desde posiciones de gobierno— hablar de Quintana Roo como si todo hubiera comenzado cuando ellos llegaron.
Como si antes no hubiera existido nadie.
Como si las carreteras, las escuelas, las ciudades, los hoteles, los hospitales, los comercios y las comunidades hubieran aparecido por generación espontánea.
Como si el estado hubiera estado esperando su llegada para comenzar a funcionar.
No, no fue así. Antes de ellos hubo gente trabajando.
Y antes que nosotros hubo gente trabajando.
Y antes de que existieran Cancún, Playa del Carmen o Tulum como los conocemos, aquí estaban los mayas.
Ese es quizá el primer gran pendiente que tenemos como sociedad: entender que la historia de Quintana Roo no comienza con el desarrollo turístico ni con la creación del estado.
Tiene raíces mucho más profundas.
El pueblo maya no es una pieza arqueológica ni un elemento decorativo de nuestra identidad para presumirlo en los folletos turísticos.
Es un pueblo vivo.
Es parte del presente de Quintana Roo.
Y ahí tenemos una deuda que no se resuelve solamente hablando de tradiciones, gastronomía, lengua o cultura durante los actos oficiales.
La deuda es mucho más grande.
Tiene que ver con oportunidades, educación, salud, infraestructura, desarrollo económico, territorio y participación en las decisiones que afectan a sus comunidades.
Y después está el otro Quintana Roo.
El de quienes llegaron. Y aquí también hay que tener cuidado con la historia que nos contamos.
Porque hablar de migración en Quintana Roo no significa hablar únicamente de gente que vino de fuera.
Una enorme parte de la historia moderna del estado se construyó con gente de la propia Península.
Mis padres eran yucatecos. Como ellos, llegaron miles. Aquí se vivió un nuevo mestizaje con quienes ya estaban y con norteños que se acomodaron en el sur del Quintana Roo y luego ese mestizaje moderno continuó con la llegada de tabasqueños, veracruzanos, chiapanecos, guerrerenses, oaxaqueños, capitalinos y mexicanos de prácticamente todos los estados.
Llegaron también extranjeros.
Y cada quien trajo una parte de su historia.
Por eso Quintana Roo es hoy un enorme crisol.
Los nacidos aquí representan alrededor de 31 por ciento de la población: no son mayoría, pero sí constituyen el grupo de origen más numeroso. Y si sumamos a quienes nacieron en Yucatán, estamos hablando de alrededor de 46 por ciento de origen peninsular.
Eso dice mucho de nosotros.
Aquí no tiene sentido andar repartiendo certificados de quintanarroense auténtico.
Quintana Roo se hizo precisamente con quienes estaban y con quienes llegaron.
Con los que nacieron aquí y con los que hicieron aquí su vida.
Con los mayas y con los migrantes.
Con los pioneros y con los que llegaron después.
Con quienes pusieron los primeros ladrillos y con quienes hoy levantan los siguientes.
Pero justamente por eso el aniversario también debería servir para preguntarnos qué hicimos con todo aquello que recibimos.
Porque hemos construido mucho.
Muchísimo.
Pero también hemos crecido a una velocidad que nos ha dejado problemas enormes.
Tenemos turismo, pero también desigualdad.
Tenemos crecimiento, pero también presión sobre el agua.
Tenemos ciudades que no dejan de expandirse, pero también problemas de movilidad, vivienda, residuos y servicios.
Tenemos una de las industrias turísticas más importantes del país, pero todavía tenemos que discutir cuánto de esa riqueza se convierte realmente en bienestar para quienes viven y trabajan aquí.
Tenemos una naturaleza extraordinaria, pero también una responsabilidad enorme para conservarla.
Y tenemos una identidad construida durante generaciones, que no podemos reducir a una marca turística.
A los 52 años no deberíamos preguntarnos solamente cuánto hemos avanzado, sino también cuestionarnos qué dejamos atrás y qué dejaremos para los que vienen.
Mi generación tuvo el privilegio de ver crecer Cancún, de ver a Playa del Carmen dejar de ser un punto de embarque a Cozumel, para convertirse en un destino turístico fuerte que brilla con luz propia.
Vimos cómo el concreto engulló miles de hectáreas de tierras que alguna vez nos parecían interminables.
Vimos aparecer avenidas, hoteles, centros comerciales, colonias y fraccionamientos.
Vimos cambiar gobiernos, políticos, proyectos y discursos.
Vimos a Quintana Roo transformarse una y otra vez.
Pero también aprendimos algo que quizá hoy deberíamos recordar más seguido:ninguna generación construye sola.
Los que llegaron antes dejaron una carretera.
Otros levantaron una escuela.
Otros construyeron un hotel.
Otros sembraron una colonia.
Otros abrieron un negocio.
Otros enseñaron en un salón.
Otros atendieron un hospital.
Otros gobernaron.
Otros simplemente trabajaron durante décadas para que sus hijos tuvieran una vida mejor.
Así se construyó Quintana Roo.
No de un día para otro.
No a partir de un gobierno.
No a partir de un partido.
No a partir de una generación.
A fuerza de generaciones.
Cumplimos 52 años como estado, pero nuestra historia es mucho más antigua.
Y nuestro futuro también será mucho más largo.
Por eso quizá la mejor manera de celebrar este aniversario no sea decir que somos el estado joven que llegó lejos.
Sino recordar que somos un estado que heredó mucho, que ha construido muchísimo y que todavía tiene enormes deudas por saldar.
Con los mayas.
Con nuestras ciudades.
Con nuestro medio ambiente.
Con nuestros trabajadores.
Con nuestros jóvenes.
Y con las generaciones que todavía no han nacido.
Porque algún día ellos también mirarán hacia atrás.
Y quizá entonces se preguntarán lo mismo que nosotros hoy:
¿Qué hicieron aquellos quintanarroenses de 2026 con el estado que recibieron?
Esa, más que cualquier discurso, lo que tenemos que preguntarnos este 8 de octubre.




