Por considerarlo de interés, reproducimos esta crónica publicada en su cuenta de X por José Díaz.
Una pareja de novios con playera y gorra del Tren Maya dormía en sus asientos turquesas del primer viaje abierto al público. Habían salido de Cancún a Campeche a las siete de la mañana, pero cuatro horas más allá se arrepintieron; se bajaron y se mudaron al tren de regreso que tenía una hora parado en Mérida, en espera de que pasara el otro.
Adentro, decenas de pasajeros, acalorados, aburridos y desesperados también dormían, miraban impasibles el monótono horizonte afuera o estiraban las piernas en los pasillos, mientras la máquina avanzaba con su lentísimo rumor de roce de rieles.
A pesar de la polémica de su construcción sin los permisos ambientales, del escándalo de su costo, más de 500 mil millones cuando iba a costar menos de 200 mil, y de las porras y gritos con que fue abordado, el primer recorrido público, de Campeche a Cancún, fue absolutamente aburrido, con una velocidad promedio de 89 kilómetros por hora que bajaba hasta los 29, más lento que los camiones que rebasaban por la autopista.
“¡Aquí nos vamos a quedar hasta navidad!”, exclamó la promotora de una agenda turística que se había quejado de que los asientos no son reclinables.
Ahora pasaba del mediodía. Iban cinco horas de viaje desde las 07:13 de la mañana. Una larga y apretada fila había agotado los combos de baguettes de 305 pesos, el café con leche de 120, las cervezas de 48, los mazapanes de 35 o el agua de 33. Una puerta del baño se había descompuesto y en los otros baños se escurría el agua de los lavabos. Más de uno comenzó a pensar en lo que nadie, ni el Presidente Andrés Manuel López Obrador, único autor de la idea de la obra, habrá pensado: el viaje por el verde horizontal de la selva es un túnel de horas, aburrido y monótono.
“No hay nada que ver, nada que ver, puro verde, verde, por eso ya no quisimos ir hasta allá porque serían ocho horas de ida y ocho de regreso y regreso en camión, mejor nos regresamos”, dijo el novio que llevaba una playera blanca del Tren Maya que le habían regalado en Cancún. Su novia seguía durmiendo con la frente y los brazos en la mesa reclinable.
Por las ventanillas se veían además montones de tierra, obras inconclusas, pasos bajo las vías sin terminar, torres para la energía eléctrica sin ningún cable, la selva devastada. De las 14 estaciones que recorrió el tren, solo tres tenían señalizaciones, el único rastro eran los adioses que lanzaban los obreros con chalecos anaranjados y los automovilistas que bajaban la velocidad para despedir a los pasajeros.
“Se ven más felices los de afuera que los de adentro”, resumió un acalorado hombre de barba y gorra en el último vagón, con 68 asientos, pero la mitad desocupados.
La mañana estaba más cerca de lo que parecía. A la estación de San Francisco, en Campeche, donde el Presidente había inaugurado un día antes el primer tramo, 632 kilómetros del total de mil 554 prometidos, los pasajeros llegaron desde antes de las seis de la mañana, cuando la terminal estaba cerrada.
En el estacionamiento sin luz, un empleado informó que el viaje sería directo, sin detenerse en las 12 estaciones intermedias porque no estaban terminadas y calculó un tiempo de recorrido de 5 horas con 40 minutos. Agregó que ya estaban agotados los boletos hasta el lunes para los cuatro viajes iniciales, Cancún-Campeche, Campeche-Cancún, a las 07:00 y 11:00 horas.
Adentro, en la estación no había ningún local comercial, tampoco computadoras en las taquillas, había sillas de plástico en las salas de espera, anuncios amarrados con lazos y charcos de agua en andenes. Los trabajadores contaron que por la noche habían surtido el agua con pipas.
Había retraso, pero todavía ánimo y el director de la empresa Tren Maya SA de CV, el militar Óscar Lozano Águila, se acercó a saludar y a tomarse fotografías. (@Ciervo_Jorge)




