El 30 de julio de 1847, en Tepich, un pueblo que hoy pertenece al municipio de Felipe Carrillo Puerto, el cacique Cecilio Chí pasó a cuchillo a las familias blancas y mestizas del lugar. Ese día comenzó la Guerra de Castas, la rebelión indígena más larga y exitosa del continente americano, que este jueves cumple 179 años.
Cuatro días antes, el 26 de julio, las autoridades yucatecas fusilaron en Valladolid a Manuel Antonio Ay, cacique de Chichimilá, acusado de conspiración por una carta que le encontraron. Con su fusilamiento, la clase privilegiada de la época quiso dar un escarmiento a los indigenas que nunca fueron sometidos, pero solo encendió la mecha.
Las causas venían de mucho más atrás. Los abusos contra los mayas iban desde el despojo sistemático de sus tierras para expandir las haciendas henequeneras y azucareras, hasta los tributos personales y pagos a la iglesia por la administración de los sacramentos y otros servicios religiosos. Además, sufrían por un sistema de deudas impagables que los encadenaba de por vida a las haciendas.
Los criollos no contaban con ese rencor que se fue alimentando de generación tras generación y creyendo que podían mantener el control, los propios yucatecos enseñaron a los mayas a usar armamento, para usarlos como soldados de su ejército en sus guerras.
En 1839, cuando el caudillo federalista Santiago Imán se levantó en armas en Tizimín contra el centralismo de Santa Anna, necesito tropa y la encontró donde nadie había buscado: en los pueblos mayas. A cambio de su enlistamiento les ofreció lo que más anhelaban, la abolición de las contribuciones eclesiásticas y la rebaja de otros impuestos.
Miles acudieron al llamado. Con ese ejército de macehuales, Imán tomó Valladolid en febrero de 1840 y su triunfo empujó a Yucatán a desconocer al gobierno central y a proclamarse independiente de México.
La respuesta de Santa Anna no tardó. En 1842 envió una expedición militar para someter por la fuerza a la península rebelde: las tropas mexicanas desembarcaron en Champotón, ocuparon Ciudad del Carmen, sitiaron Campeche y avanzaron sobre Mérida.
Yucatán, en pie de guerra, volvió a reclutar mayas en masa con las mismas promesas de siempre. Y los mayas volvieron a responder. En 1843, en Tixpéual y Pacabtún, a las puertas de Mérida, el ejército yucateco derrotó a las fuerzas invasoras. La independencia se salvó con sangre maya.
En esas filas se formaron los que después serían los jefes de la rebelión indígena. Jacinto Pat, el acaudalado batab de Tihosuco, y Cecilio Chí, el de Tepich, sirvieron a la causa yucateca, conocieron las armas de fuego, la disciplina de campaña, la logística militar. Los criollos, sin saberlo, estaban adiestrando a sus futuros verdugos.
Y todavía hubo un tercer capítulo: los pleitos internos entre las élites de Mérida y Campeche, que enfrentaron durante ocho años a barbachanistas y mendistas, seguidores de Miguel Barbachano y de Santiago Méndez, por el control político y económico de la Península. En 1847 volvieron a hacer lo de siempre: reclutar mayas para pelear disputas que no eran suyas.
Tres guerras pelearon los mayas por sus patrones, pusieron los muertos y las promesas, todas, se las llevó el viento.
Cuando en julio de 1847 esos mismos soldados mayas usaron las armas contra sus patrones, éstos, a pesar de todo, a pesar de incumplir sus promesas y de traicionar su palabra, se sorprendieron.
Cecilio Chí y Jacinto Pat encabezaron un levantamiento que en cuestión de meses puso de rodillas a la élite blanca. Para la primavera de 1848 los rebeldes controlaban cuatro quintas partes de la Península y tenían sitiada a Mérida.
El gobernador Santiago Méndez llegó a ofrecer Yucatán a España, a Inglaterra y a Estados Unidos, a quien fuera, con tal de que alguien lo salvara. Al final, Yucatán regresó a México en agosto de 1848 no por convicción, sino por miedo: entregó su independencia a cambio de dinero, armas y auxilio contra los mayas.
Lo que siguió es conocido: el repliegue maya a la selva del oriente, el surgimiento en 1850 del culto a la Cruz Parlante y la fundación de Noj Kaaj Santa Cruz, la capital de un Estado maya independiente de facto que resistió medio siglo, comerció con los ingleses de Belice y no reconoció más autoridad que la suya. Hoy esa ciudad se llama Felipe Carrillo Puerto.
Aunque escasamente valorado por las élites del tercer milenio, esa rebelión es, en los hechos, el origen del estado de Quintana Roo.
Durante medio siglo, Yucatán demostró una incapacidad absoluta para someter el oriente rebelde. Ni sus ejércitos, ni sus finanzas quebradas, ni sus gobiernos en disputa permanente pudieron con los cruzo’ob.
Fue Porfirio Díaz quien tomó el asunto en sus manos con una estrategia que se desplegó en tres frentes.
El primero fue diplomático: en 1893 firmó con Gran Bretaña el Tratado Spencer-Mariscal, que fijó la frontera con Honduras Británica y comprometió a los ingleses a cortar el comercio de armas y pólvora que durante décadas sostuvo la resistencia maya desde el actual Belice.
El segundo fue naval y de él nació la actual capital del estado. Para vigilar la frontera recién pactada y estrangular el contrabando por el Río Hondo, Díaz ordenó el establecimiento de una sección aduanera en la bahía de Chetumal.
La encomienda recayó en un joven marino tamaulipeco, Othón Pompeyo Blanco, quien se instaló con un pontón flotante, construido en Nueva Orleans, en la desembocadura del Río Hondo el 22 de enero de 1898.
Desde esa aduana flotante, bautizada precisamente como “Chetumal”, Blanco tejió relaciones con los pobladores de ambas orillas y convenció a familias mexicanas refugiadas en Belice de regresar.
El 5 de mayo de 1898 fundó en tierra firme Payo Obispo, el poblado que con los años se convertiría en Chetumal, la capital quintanarroense. La ciudad donde hoy despachan los poderes del estado nació, literalmente, como una operación de guerra contra la resistencia maya.
El tercer frente fue militar: en 1899 Díaz lanzó la campaña del general Ignacio Bravo, que avanzó a sangre, ferrocarril y telégrafo hasta ocupar Chan Santa Cruz en mayo de 1901.
Pero Díaz sabía que la conquista no bastaba y desconfiaba, con razón sobrada, de dejar el territorio recuperado en manos de Mérida. Por eso, el 24 de noviembre de 1902 decretó la creación del Territorio Federal de Quintana Roo, segregado de Yucatán bajo un argumento demoledor: el gobierno yucateco había sido incapaz de pacificar, poblar y desarrollar esa porción de la península. La federación asumió el control directo de la zona rebelde y le puso el nombre del insurgente Andrés Quintana Roo.
Dicho de otro modo: sin Guerra de Castas no habría pontón Chetumal, ni Payo Obispo, ni territorio federal, ni el estado libre y soberano que hoy presume su nombre en los mercados turísticos del mundo.
Quintana Roo no nació de una gesta criolla ni de un acuerdo de notables. Nació de la resistencia maya y de la decisión de un dictador de arrebatarle a Yucatán lo que nunca pudo controlar.
Esa paradoja fundacional debería enseñarse en cada escuela y recordarse en cada toma de protesta. No ocurre.
Y ahí aparece la otra deuda, la más silenciosa. La actual clase política quintanarroense, educada lejos de la memoria peninsular, ajena a la historia regional, ignora casi por completo el movimiento histórico que cambió para siempre la faz de la península.
Para muchos de los que hoy despachan en los palacios municipales y en el Congreso, la Guerra de Castas es, cuando mucho, el nombre de un museo en Tihosuco. No un origen. No una responsabilidad.
Los viejos políticos del sur, con todos sus defectos, crecieron con esa historia a cuestas; sabían que gobernar Quintana Roo era administrar una herencia de resistencia. Los nuevos, en cambio, gobiernan como si el estado hubiera nacido con el primer hotel de Cancún en 1974 o cuando pisaron por primera vez territorio quintanarroense. Y quien no sabe de dónde viene su tierra, difícilmente entiende a quién le debe.
¿Y qué quedó de aquellos ideales? Los rebeldes de 1847 peleaban por tres cosas concretas: la tierra, el fin de los tributos abusivos y el derecho a gobernarse sin tutelas.
Los números de 2026 responden solos. Según el más reciente Informe de la Secretaría del Bienestar, de los 516 mil 935 quintanarroenses en situación de pobreza, 182 mil 244 viven en la Zona Maya: José María Morelos, Felipe Carrillo Puerto, Tulum y Lázaro Cárdenas.
Es decir, 35 de cada 100 pobres del estado son mayahablantes. En José María Morelos la pobreza alcanza al 80.8 por ciento de la población. En Felipe Carrillo Puerto, 84 de cada 100 habitantes carecen de seguridad social; en Lázaro Cárdenas, 86 de cada 100.
Y todo esto ocurre en el estado que presume ser la potencia turística de América Latina, donde cada año se derraman miles de millones de dólares que jamás cruzan la línea invisible que separa la Riviera Maya de la Zona Maya. Los descendientes de quienes fundaron Chan Santa Cruz tienden camas, cargan maletas y sirven mesas en los hoteles levantados sobre la tierra por la que sus bisabuelos murieron.
A los mayas les cambiaron los tributos por propinas; el despojo, ese sí, quedó intacto. Su representación política la ostentan ahora políticos de nuevo cuño que se hacen pasar por indígenas para consumar, con credencial de mayas, el mismo despojo de siempre.
Hay avances, sería injusto negarlos. El reconocimiento constitucional de los pueblos indígenas, las becas, los programas sociales, el Tren Maya que por primera vez conectó a Carrillo Puerto por vía férrea.
Pero los apoyos que llegan cada dos meses no son justicia histórica: son analgésicos. La deuda de fondo, la de la tierra, la del desarrollo con identidad, la de la autonomía real y no decorativa, sigue en el cajón de los pendientes de todos los gobiernos, de todos los colores.
La Guerra de Castas duró más de medio siglo porque los mayas entendieron algo que sus adversarios nunca comprendieron: no peleaban por el poder, peleaban por la dignidad. Ese pleito, 179 años después, no se ha cerrado. Se administra…. Y va cayendo en el olvido.
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