La manifestación encabezada este lunes por Isrrael Vega Benítez frente al Centro de Atención a Clientes de Aguakan terminó siendo el mejor termómetro de la realidad. Pese a la promoción realizada durante días en redes sociales y en espacios informativos afines, apenas una veintena de personas acudió al llamado. Más tarde, cuando el contingente se trasladó al Palacio Municipal, solo alrededor de siete manifestantes permanecían en el lugar.
Los números hablan por sí solos.
Durante años, el tema Aguakan ha sido utilizado como bandera política por distintos personajes que prometieron resolver un problema complejo con discursos simplistas. Hoy, la ciudadanía parece haber enviado un mensaje contundente: esa narrativa está agotada.
Pero hay un aspecto aún más preocupante.
Cuando un periodista decide buscar un cargo de elección popular, deja de ser un observador para convertirse en un actor político. Es una decisión legítima. Lo que no resulta legítimo es difuminar esa frontera y utilizar la credibilidad que otorga el ejercicio periodístico para impulsar una agenda personal o una aspiración electoral.
El periodismo tiene como misión informar, cuestionar y verificar. La política busca convencer y obtener votos. Son funciones distintas que exigen transparencia frente a la sociedad. Cuando ambas se mezclan sin claridad, quien pierde es la confianza pública.
La cobertura de esta manifestación también deja preguntas. La difusión se concentró principalmente en plataformas y espacios digitales vinculados al entorno del propio organizador. Más que un ejercicio plural de información, la jornada pareció orientarse a amplificar un mensaje político previamente definido. La ciudadanía merece información verificable y contexto, no narrativas construidas para fortalecer proyectos personales.
La realidad terminó imponiéndose sobre la propaganda. Una convocatoria de apenas 20 personas difícilmente puede presentarse como un movimiento ciudadano representativo. Los hechos demuestran que la estrategia de convertir a Aguakan en el eje permanente de la confrontación política ya no genera la respuesta que algunos esperaban. La ciudadanía exige soluciones, no campañas disfrazadas de activismo ni ejercicios de comunicación que confundan información con promoción política.
La credibilidad no se obtiene controlando la narrativa. Se gana con independencia, congruencia y resultados. Y eso, al final, es algo que ninguna campaña puede fabricar.




