CANCÚN, 24 de enero.— La noche previa a su fallecimiento, desde el hospital en el que permanecía internado en Mérida, el obispo de la Diócesis Cancún-Chetumal Pedro Pablo Elizondo Cárdenas volvió su pensamiento a la Catedral de Cancún. Envió una fotografía a la arquitecta responsable de la obra para indicarle cómo deseaba que se resolviera un detalle del que será el principal templo católico del Caribe mexicano.
Fue uno de sus últimos mensajes y reflejó, una vez más, su manera de vivir el ministerio: atento, comprometido y presente hasta el final. Ese proyecto, junto con el Seminario Mayor de Cancún, queda como uno de sus legados más visibles.
Hace menos de un año, Monseñor Pedro Pablo encabezó un acto multitudinario en los terrenos de la Catedral para reactivar la construcción del santuario, acompañado por la gobernadora Mara Lezama y por una feligresía que siempre lo identificó como un pastor cercano.
El sábado, las campanas de la Catedral de Cancún sonaron distinto. Más despacio. Con un tono grave que marcó la jornada. Desde temprano, fieles de distintos puntos de Quintana Roo comenzaron a llegar al templo —aún en obra— para dar el último adiós al obispo que durante 21 años condujo pastoralmente a la Diócesis de Cancún-Chetumal, una de las más jóvenes del país.
La misa de exequias fue presidida por el Arzobispo de Yucatán, Gustavo Rodríguez Vega, quien fue nombrado administrador apostólico de la diócesis Cancún-Chetumal por el Vaticano y concelebrada por obispos y sacerdotes de la provincia eclesiástica de la Península. Durante la celebración se dio lectura a una carta enviada desde Roma, en la que se reconoció la vida entregada de Monseñor Pedro Pablo al servicio de la Iglesia.
El ambiente estuvo marcado por el respeto y el silencio. Apenas se escuchaban oraciones en voz baja y comentarios entre quienes recordaban alguna misa, una palabra o una bendición recibida del obispo que acompañó el crecimiento espiritual de una diócesis marcada por el acelerado desarrollo y la diversidad cultural.
Dentro del templo, entre columnas expuestas y andamios, la vida consagrada tuvo una presencia visible. En los primeros bancos se ubicaron religiosas de distintas congregaciones, con hábitos blancos, negros y azules, rosario en mano y el gesto sereno de quien acompaña desde la oración. A corta distancia, religiosos varones siguieron también la celebración, en una imagen paralela que reflejó la cercanía y el aprecio que el obispo mantuvo con las comunidades religiosas.
Las numerosas coronas florales dispuestas a lo largo del recinto contrastaban con la sobriedad de una catedral aún inconclusa. La escena ofrecía una imagen elocuente: una Iglesia que sigue construyéndose y que, al mismo tiempo, despedía a uno de sus pastores.
Al concluir la misa, la voz de la familia trajo un momento de cercanía y humanidad. Una de las hermanas del obispo, conmovida, se dirigió a la feligresía: “Si me doy cuenta que lo dejan de querer, me lo llevo a San José” (de Gracia, Michoacán, de donde era originario, dijo, arrancando sonrisas y aplausos. Los hermanos de Monseñor recibieron entonces las insignias episcopales que utilizó en vida, en un gesto íntimo y cargado de significado.

Después, el silencio se rompió con aplausos prolongados. El cortejo fúnebre avanzó por los terrenos de la Catedral rumbo a la zona de criptas. El féretro, escoltado por sacerdotes y obispos con ornamentos morados, usados para este tipo de celebraciones, recorrió el camino flanqueado por cientos de fieles que, detrás de las vallas, levantaron las manos, aplaudieron y lanzaron porras espontáneas. No fue una despedida distante: fue una muestra abierta de cariño y gratitud.

El trayecto se realizó al aire libre, entre árboles y vegetación, en un espacio que aún se edifica pero que ya forma parte de la memoria colectiva de la Iglesia local. A un costado del recorrido, un gran pantalla proyectaba todo el acontecimiento, para que los feligreses que no alcanzaron cupo dentro de la iglesia pudieran ser testigos, reforzando así el carácter comunitario del homenaje.
Entre lágrimas contenidas, oraciones y miradas atentas, la comunidad de Cancún acompañó el último recorrido de su obispo dentro del recinto que marcó buena parte de su ministerio. Finalmente, Monseñor Pedro Pablo Elizondo Cárdenas fue sepultado en la zona de criptas de la Catedral de Cancún.

Así, Quintana Roo despidió a un pastor que dedicó 43 años de su vida al sacerdocioy dejó huella no solo en templos y estructuras, sino en la vida cotidiana de miles de personas. Su recuerdo permanece en una diócesis que hoy, entre fe y gratitud, aprende a decir adiós mientras continúa —como la Catedral que él soñó— su propio proceso de construcción.




