
En estos días en los que se presume al Caribe Mexicano y a la cultura maya en FITUR, la principal feria turística del mundo, vuelve a asomar a mala, pésima costumbre de rebautizar lo originario para hacerlo vendible, aunque en el camino se desfigure su sentido real.
Ahora mismo en Madrid se promocionan bodas mayas con chamanes, rituales supuestamente “ancestrales” diseñados para el consumo rápido del turista extranjero, y se repite sin mayor reflexión un lenguaje que no pertenece a la cultura que dice representar.
El caso del término chamán es quizá el más claro. No es una palabra maya. No lo fue en tiempos prehispánicos ni lo es hoy en las comunidades vivas de la península de Yucatán o del área maya mesoamericana. Los mayas de Felipe Carrillo Puerto, de Lázaro Cárdenas, de José María Morelos o incluso de Cancún no usan ese término en su vida cotidiana.
Chamán es una palabra de origen siberiano, que pasó por la antropología occidental y terminó convertida en una etiqueta cómoda para la industria turística: fácil de entender, fácil de vender y fácil de exotizar.
Pero la cultura maya no es genérica ni necesita atajos. Tiene sus propias denominaciones, precisas y cargadas de sentido: h-men, jmeen, aj k’ij, entre otras. No son nombres decorativos ni intercambiables. Cada uno define funciones específicas, conocimientos rituales y una relación profunda con la comunidad y con el tiempo sagrado.
Con esas malas prácticas, el visitante extranjero no recibe una versión simplificada de la cultura maya; recibe una versión equivocada. Una ficción cómoda que poco tiene que ver con la realidad histórica y actual de los pueblos originarios de la Península de Yucatán.
El lenguaje importa. Nombra y también construye la mirada. Hablar de “chamanes mayas” refuerza una visión folclorizada que reduce a una civilización viva a un espectáculo espiritual. El jmeen, un especialista ritual con saberes heredados y responsabilidades comunitarias, acaba convertido en un personaje pintoresco, desconectado de su lengua, de su gente y de su contexto. Y eso, aunque funcione como producto turístico, no es difusión cultural: es distorsión.
Recuperar las denominaciones originales sería, además de un acto de congruencia con el discurso de la 4T, una forma básica de respeto. Significa aceptar que la cultura maya no necesita traducciones comerciales para tener valor. Que puede —y debe— presentarse con sus propios términos, aunque eso implique explicar más y renunciar a algunos clichés turísticos.
Si de verdad se quiere promover la cultura maya en espacios internacionales como FITUR, el reto no está en hacerla más “vendible”, sino en hacerla más fiel a sí misma. Nombrar desde la historia, no desde la mercadotecnia, para evitar que la cultura termine convertida en caricatura.
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