En el último año, las operaciones en el aeropuerto de Tulum se desplomaron: de 301 llegadas y salidas internacionales que había en agosto de 2025, pasaron a 109 en agosto de este año y continúan a la baja.
El 30 de septiembre pasado, Aeroméxico se fue y Volaris se irá el 7 de enero, cuando deberíamos estar en plena temporada alta de invierno. El tráfico de pasajeros cayó 34% en Tulum durante el primer semestre de 2026 en relación con el mismo período del año anterior.
Pero el problema no es Tulum y mucho menos Cancún, que también registra un fenómeno similar. Son apenas el botón de muestra de lo que le pasa al turismo en todo el país, que atraviesa su peor crisis desde la pandemia. Entre enero y julio de este año, México registró una caída del 4.6% en la llegada de visitantes internacionales.
No faltan hoteles, al contrario, la oferta en el Caribe Mexicano creció en más de 12,000 cuartos de hotel en años recientes y tampoco son las playas, con todo y que el sargazo ha dado batalla más que nunca. México tampoco se volvió, de un día para otro, un lugar al que no hay que ir. Ni siquiera son las tarifas que los aeropuertos cobran a las aerolíneas, que son de las más baratas en el continente americano.
La presidenta Claudia Sheinbaum asegura que la crisis turística es mundial, por el conflicto en el Medio Oriente que, entre otras cosas, ha disparado el precio de los combustibles, pero no es tan así.
De acuerdo con la Organización Mundial del Turismo, en América solo México está perdiendo turistas, porque en el resto del continente la afluencia turística crece al 2% y en el Caribe, República Dominicana, uno de los competidores directos del Caribe Mexicano, crece en 9%.
El gobierno mexicano puede argumentar que el total de turistas internacionales sí crece; por ejemplo, en julio el “crecimiento” fue del 3.8%, pero ese total incluye el turismo fronterizo que no usa hoteles y el de cruceros: el que llega por avión, que es el que más gasta, es el que baja.
Y gran parte del problema lo generan las propias políticas fiscales del gobierno mexicano. Por hablar del caso de Tulum, donde se cobra el TUA más caro de toda la red aeroportuaria de México, al extranjero que todavía aterriza allí se le cargan en el boleto casi 110 dólares: 57 del TUA, que es la Tarifa de Uso de Aeropuerto, que ahí cobra una empresa del Ejército, y 53 de Derecho de No Residente. En Cancún son casi 102 dólares.
En Estados Unidos, el cargo aeroportuario equivalente tiene un tope de 4 dólares con 50 centavos. Tulum cobra más de doce veces esa cantidad. Cancún, casi once. En República Dominicana, lo más parecido al Derecho de No Residente es una tarjeta de turista de 10 dólares. México cobra más de cinco veces eso.
Además, hay que agregarle cargas locales, como el derecho al saneamiento que cobran los municipios y el 5% por concepto del impuesto al hospedaje.
Con datos de 2024, la IATA ya ubicaba a México como el tercer país del mundo que más impuestos carga al pasajero aéreo. En 2026 es el más caro de América para ingresar como turista extranjero.
México ya anunció para el próximo año un aumento de casi el 36% al Derecho de No Residente, que pasará de 983 a 1,334 pesos.
La presidenta Claudia Sheinbaum dijo que “no es muy alto” y que “no va a tener impacto en el turismo”, pero allí está parte del problema, porque los turistas están eligiendo otros destinos con menos cargas impositivas para entrar y quien no lo quiera ver es porque se niega a aceptar su parte de responsabilidad.
El aumento son 352 pesos, unos 19 dólares. Cada visitante que llega por avión gasta en México más de 1,200, que se traduce en millones de dólares de derrama económica que deja de haber y en menos IVA que recaudar.
Todo ello retrata a un gobierno federal que sigue sin entender al turismo como motor de la economía nacional. Y es el mismo gobierno que se fijó como meta que México sea, en 2030, el quinto país más visitado del mundo.
Por lo pronto, lo que ya logró es que México esté a la cabeza de los países que más le cobran al que llega.




