La presidenta Claudia Sheinbaum alargó por 19 años la ausencia de un mandatario en el arranque del periodo de sesiones del Congreso de la Unión, en donde conforme a una ley extinta por conveniencias políticas los jefes de estado mexicano rendía su informe de gobierno.
Era la instancia en la que se realizaba uno de los actos más republicanos: la rendición de cuentas, que hoy se reduce a un evento sectario.
Y así, ya sea bajo los canones priistas, panistas o de la 4T, cualquier democracia cojea, carece de asideros firmes cuando está ausente una verdadera rendición de cuentas.
Antes había liturgia, sí, pero también contraste. El Presidente llegaba a San Lázaro a cumplir con el acto republicano, a pesar de las agresiones verbales que los mandatarios mexicanos empezaron a recibir a partir de Carlos Salinas.
Ese acto de rendición de cuentas se fue boicoteando entre todos por conveniencia política. La oposición buscando cómo impedir que el Presidente llegara a la tribuna. El Presidente buscando cómo evitar exponerse a la interpelación. Y en ese forcejeo de vanidades, se mató lo más importante: la obligación constitucional del Presidente de dar la cara ante el Congreso.
El dato es brutal y debería avergonzar a todos: El último Presidente que acudió en persona a la Cámara de Diputados a rendir su Informe fue Felipe Calderón, el 1 de septiembre de 2007. Apenas estuvo unos minutos para entregar el documento, en medio de gritos y tensión.
Y como se consideró que ya no había condiciones políticas para que el presidente volviera a San Lázaro, el 15 de agosto de 2008 se reformó el artículo 69 constitucional y se eliminó la obligación de asistir físicamente.
Desde entonces, el Informe se entrega por escrito a través de quien ocupe la Secretaria de Gobernación y se acabó.
Calderón ya no volvió. Peña Nieto nunca pisó el pleno para eso, López Obrador armó su propio show en el Zócalo. Y ahora, este 1 de septiembre de 2026, Claudia Sheinbaum envió su Segundo Informe por la misma vía escrita, a través de Rosa Icela Rodríguez.
Ya son 19 años sin que un Presidente de México pise el Congreso para rendir cuentas en persona. 19 años de informes sin contraparte, sin réplica, sin una respuesta republicana por parte de quien presida al Poder Legislativo.
Y no es la norma entre las democracias con las que suele compararse México. En Chile, cada 21 de mayo, el Presidente entra al Congreso Nacional y lee su Cuenta Pública en persona, con la oposición respondiéndole ahí mismo. Este año le tocó a Kast. Antes, a Boric, a Piñera, a Bachelet.
En Argentina, Javier Milei abrió sesiones ordinarias el 1 de marzo frente a la Asamblea Legislativa. Lo abuchearon, pero se quedó.
En Estados Unidos, el Presidente sigue caminando desde la Casa Blanca hasta el Capitolio para dar cuenta del estado de la unión. Trump ha cumplido a cabalidad con esa obligación.
En el Reino Unido no hace falta esperar un año: cada semana el primer ministro se planta en la Cámara de los Comunes y responde, sin libreto, en vivo. Ahí, el poder se expone. Aquí, el poder se cuida.
A lo que tenemos no se le puede llamar rendición de cuentas. Más bien es un monólogo del poder. Un informe a modo, sin autocrítica, en recinto controlado, con invitados afines y aplauso asegurado.
La democracia no es un mitin.
La democracia es la incomodidad del poder frente a la representación popular. El prianismo y la 4T han coincidido, sin ponerse de acuerdo, en lo mismo: en huirle al Congreso.
Pero sin ese ritual republicano, sin la obligación de pararse frente a todas las fuerzas políticas, lo que queda es una democracia coja. Una que informa, pero no rinde cuentas. Una que presume, pero no se expone. Y una democracia que no se expone, tarde o temprano, deja de ser democracia.
Correo: [email protected]
Twitter: @JulioCsarSilva



