CANCÚN, 3 de abril.- El sol caía con fuerza sobre la arena blanca de Playa Delfines, mientras decenas de personas —entre turistas en traje de baño y fieles con rosario en mano— se abrían paso para presenciar una de las escenas más simbólicas del Viernes Santo en Cancún: el Viacrucis frente al mar.
Ahí, donde normalmente dominan las selfies y el bullicio vacacional, el ambiente cambió. El murmullo de las olas se mezcló con las oraciones, y por unos momentos, la playa dejó de ser solo un destino turístico para convertirse en escenario de reflexión.
El obispo de la Diócesis Cancún-Chetumal, Salvador González Morales, participó por primera vez en esta representación, apenas a un mes de haber asumido el cargo. Antes, había encabezado los oficios religiosos en la catedral, pero decidió trasladarse hasta la costa para acompañar esta tradición que, dijo, ya conocía de referencia.
Su presencia no pasó desapercibida. Entre actores caracterizados, turistas curiosos y creyentes, el obispo caminó y observó una representación que, más allá del simbolismo, refleja cómo la fe se abre paso incluso en los espacios más turísticos del Caribe mexicano.
Durante su mensaje, recordó que el centro de esta conmemoración es la pasión y muerte de Jesucristo, eje fundamental de la fe cristiana en estos días.
“Es una oportunidad para recordar que vivimos días de gracia”, expresó.
También hizo un llamado a no dejar que la temporada vacacional diluya el sentido espiritual de la Semana Santa. Invitó a la oración, a la contemplación y a hacer una pausa, incluso en medio del descanso.
Porque en Cancún, donde el turismo marca el ritmo de la vida diaria, escenas como esta muestran otra cara del destino: una en la que la tradición y la fe conviven con el mar, la arena… y los visitantes que, por un momento, dejan de ser turistas para convertirse en testigos.




